
Cuando los primeros ordenadores hogareños irrumpieron en el mercado, éramos muchos los que creíamos que un ordenador era algo así como una caja mágica, una máquina como las de las películas de ficción, que podía contestar preguntas y hacer la mayoría de las cosas por nosotros. Que podía hacernos la tarea del colegio o contestar el teléfono por sí solo.
Pronto nos dimos cuenta de que no era tan fácil, como esperar con los brazos abiertos la respuesta a todas nuestras preguntas. Primero había que aprender a usar su sistema operativo, si es que lo tenía, en cuyo caso negativo había que aprender a programar el trasto. Si podíamos, copiábamos código de revistas para que el ordenador hiciera algo o comprábamos los programas que ya venían hechos y listos para ser ejecutados. Lo que mucha gente pensaba sobre los primeros ordenadores en nuestras vidas cotidianas, no era exacto; al ordenador había que “alimentarlo” de datos para que el resultado fuera medianamente bueno.








